Yoga y Arte

El período védico

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Del antiguo pueblo ario poco quedo, paulatinamente toda esta zona fue transformándose hasta llegar a la actual estructura india. La familia paso a ser patrilineal, con un sistema de autoridad patriarcal reconocido, y las tribus regidas por un Raja (Rey). Estos pueblos perdieron su espiritualidad y conexión con lo sagrado, se volvieron grandes aficionados a los juegos, a las bebidas alcohólicas, a las carreras. La sociedad, en un primer momento quedó dividida en tres clases o castas: los sacerdotes (brahmana), los guerreros (kshatriya), y los campesinos y los artesanos (vaishaya). Las poblaciones sometidas constituyeron la cuarta clase, los esclavos (shudrás) y una quinta clase se añadió posteriormente, pero no se incluyeron dentro de su estructura, los parias o intocables (dalits). Comenzaron a realizarse sacrificios que eran celebrados por la clase sacerdotal, que había desarrollado una tradición de composición de himnos que recitaban o cantaban durante sus ceremonias. El carácter secular de estos himnos ha asegurado su transmisión oral fidedigna hasta el momento actual.

El Vedismo

De los rituales de conexión con la Tierra que realizaba el pueblo ario y su desarrollado compendio de técnicas para el desarrollo interno del Ser, se pasó a la que constituyó la religión más antigua de la India en la que la energía ya no se centraba en desarrollarse y evolucionar uno mismo, sino que se cambió el punto de vista y toda la atención se llevó hacia el exterior, al centrar la mirada fuera, en unas divinidades representadas como entidades dinámicas que comenzaron a intervenir sin cesar en los asuntos humanos. Estás, adecuadamente invocadas, obsequiadas con espléndidos presentes, eran generosas y dispuestas a ofrecer ayuda y conceder riqueza; de lo contrario, temibles. Algunas de ellas presentan una naturaleza ambivalente; Rudra, a la vez terrible y benéfico, cura las enfermedades que él mismo ha provocado. La fuente de información para nuestro conocimiento son los Vedas; Rig-veda, Sama-veda, Yajur-veda, Atharva-veda, cada uno de los cuales constituye una colección de composiciones de carácter sagrado o mágico. En el Rig-veda se compila la mayor colección de himnos repartidos en diez libros en honor de las divinidades, compuesta por distintos autores a lo largo de seis siglos y en muchas ocasiones vagos reflejos de cantos populares de tribus muy distintas en un periodo de expansión territorial. El Rig-veda arcaico abarca la mayor parte de los nueve primeros libros. Los himnos cantan a las deidades, las obsequian y ofrecen abundantes libaciones de soma (bebida embriagadora). No existe ningún motivo tradicional que sea cuestionado y se echa en falta la reflexión filosófico-religiosa. Hay que esperar al Rig-veda más reciente en donde surge la duda y la especulación hace su aparición. La religión védica es politeísta con divinidades sobre todo celestes y masculinas, en la literatura se menciona treinta y tres deidades, divididas en tres grupos de once deidades cada uno; correspondientes al cielo, a la atmósfera y a la tierra. De entre los numerosos dioses, nos encontramos con divinidades mayores, como Dyaus, Indra, Varuna, Agni, Vayu; algunos grupos de dioses, como los Maruts, los Adityas, los Vishvedevas, los Sadhyas, los Vasus; algunas divinidades menores, como los Yakshas, los Grandharvas; y algunas categorías de demonios enemigos de los dioses, así como genios tutelares, locales, objetos, acciones, plantas y héroes divinizados. Tenermos a Dyaus; (Diaúsh Pitá – Dios Padre) El Sol, cuya raíz Pita, está relacionada con Pa (padre) Ra (sol) primitivo dios del cielo se encuentra relacionada con los significados de ‘luz’, ‘brillo’, ‘resplandor’, pero también con la bóveda celeste, y es la raíz de palabras en español tales como «día» y «dios». El Vedismo acepta la existencia de un cielo o paraíso donde se trasladaban los hombres que se comportaron bien en esta vida. La recompensa que reciben es una vida agradable, de goces y placeres sensuales.

Las ideas védicas sobre el más allá

La información que suministra la literatura védica en torno a las ideas sobre la muerte es fragmentaria e incompleta, y no siempre armoniza entre sí. Por otro lado, los himnos védicos dedicados al tema de la muerte y a la vida en el más allá son más bien escasos. Una gran parte de sus versos funerarios están recogidos en una de las primeras secciones del último libro del Rig-veda. En este hallamos un interesante testimonio sobre las ideas relativas a la vida después de la muerte:

Los cantones védicos creían firmemente en el espíritu que después de la muerte abandona el cuerpo definitivamente, camina por el sendero abierto por los antepasados o padres, los Pitarach, y llega al más alto de los cielos, donde habita Yama, gemelo y esposo de Yami, padres de la humanidad en un remoto mito indoiraniano.

“Fue primero en morir y por ello se convirtió en señor del más allá (…). Escruta el alma humana y juzga a los difuntos; sus mensajeros son el búho y dos perros de cuatro ojos y nariz chata (recuerda al Cancerbero griego), hijo de Sarana (la Noche) y guardianes del sendero de los muertos, a los que a veces amenaza, aunque casi siempre los acojan benéficamente. Yama otorga morada tranquila y serena”.

El difunto cuyo cuerpo era incinerado o inhumado recorría un peligroso sendero hasta que finalmente se hallaba ante el dios Yama, reiniciando una forma de vida y con un nuevo cuerpo. En el Rig-veda (X14, 6, 18) hallamos los siguientes versos:

Avanza, avanza por los antiguos caminos, por donde se fueron nuestros Padres. Verás a los dos reyes gozándose con las ofrendas, a Yama y al dios Varuna. Reúnete, en el más alto cielo, con Yama y con los Antepasados, con el mérito de tus buenas obras. Deja aquí tus pecados, regresa a tu morada, asume lleno de vigor, un nuevo cuerpo”.

  Una vez en la otra vida, en el reino del dios Yama -donde la felicidad, la libertad, la belleza y la inmortalidad son sus características notables- el difunto se reúne con su cuerpo en perfecto estado (liberado de la muerte, de las enfermedades, de las taras y de las deformaciones) y lleno de energía, vive entregado a todo tipo de placeres materiales, muy parecidos a los que se dan en esta vida. En el Atharva-veda (VI 120, 3) leemos:

¡Ojalá veamos a nuestros padres, a nuestras madres, a nuestros hijos, en el cielo, donde gozan los benevolentes y los que tuvieron una conducta buena, liberados de las dolencias de sus cuerpos, sin deformaciones, con sus miembros enteros!”.

Asimismo, en los himnos védicos se establece una diferencia entre los que marchan al mundo celeste de los padres, transportados allá por la fuerza purificadora del Agni, el fuego divino que actúa en la cremación de cadáveres, y los que van a las tinieblas o infierno. Así como los virtuosos, según los poetas védicos, son recompensados en la vida futura, es natural suponer que existía alguna morada especial para los individuos viciosos y malvados: “Se les señala relegados a “la oscuridad del abismo” en contraposición a la “blanca luz” a que pasan los virtuosos después de la muerte”. Asimismo, en algunos pasajes védicos se describen los tormentos que aguardan en esta infernal región, en otros se indica quiénes van a ser los inquilinos de estas moradas infernales. No es de extrañar que el creyente ario dirigiera plegarias, oraciones y súplicas a las deidades para evitar la contrariedad que suponía convertirse en inquilino de las lúgubres, tristes y aterradoras moradas infernales. En resumen, estos pueblos descubrieron que había infinidad de motivos de disfrute en esta vida. Esta alegría de vivir, esta concepción optimista y positiva de la vida, palpita en la literatura védica. No resulta raro, pues, que los Vedas contemplen la muerte como algo que ha de posponerse tanto como sea posible. No obstante, este alentador panorama se transformó al ser adoptada en las Upanishad y en el pensamiento hindú posterior la doctrina de la metempsicosis o transmigración de las almas.

Sacrificios y rituales

El culto védico descansa sobre el sacrificio. Éste se constituyó en centro y eje de la actividad de la vida religiosa. Llegará a afirmarse que todo depende del sacrificio; ante su enorme poder se inclinan reverentes las divinidades, a quienes el sacrificio alimenta y en cuyo nombre imponen su querer.

Ante esta situación es fácil comprender, que, en el desarrollo del sacrificio, ceremonia cada vez más solemne y compleja, se pusiera el mayor esmero para que no se cometieran errores.

El Yajur-veda se compone de versos originales y de otros tomados del Rig-veda, con fórmulas en prosa, para que el sacerdote pueda desempeñar sus actividades litúrgicas. Éstas se refieren a los instrumentos del sacrificio, cuya función y valor místicos va gradualmente explicando. El sacrificio se reafirma gracias a este Veda, como algo de gran importancia, medio eficaz para exigir a la deidad una mayor atención a cualquier demanda del sacrificador, ante el cual palidece su ya debilitada potencia, mientras brilla el poder del sacerdote.

Con el transcurso del tiempo, voluminosas obras se sumarán a los Vedas con el fin de explicar hasta el más insignificante detalle del sacrificio. En los Brahmanas, el sacrificio será sometido a una exégesis escrupulosa, estableciendo su valor esencial y su significado justo. Guía de todo lo que se relaciona con el pensamiento religioso, el sacerdote será el árbitro de las instituciones sociales; se elevará a las cúspides más altas de la personalidad humana y acabará personificando el poder divino sobre la tierra. Podemos clasificar los ritos védicos en dos grandes grupos: solemnes (shrauta) y domésticos (grihya).

Todo lo concerniente a sucesos que rebasaban el ámbito doméstico era objeto de mayor solemnidad ritual; hasta los mínimos detalles del ceremonial eran considerados fruto de la revelación (Shurti). Exigían la presencia de varios sacerdotes; los sacrificios tenían lugar ante tres fuegos y el rito podía llegar a durar meses y hasta un año.

Para la ejecución de las ceremonias solemnes se elegía un lugar próximo al domicilio del sacrificador, que variaba según las circunstancias. Diseñado un espacio cuadrangular se hacía una especie de altar, sobre el cual se extendía una alfombra de verde hierba, en el que, a modo de mullido asiento, se sentaban las divinidades para gozar de las ofrendas. Estas consistían en manteca, leche, arroz, cebada, a veces trozos de una víctima animal.

Muy próximos al “altar” se instalaban los tres fuegos, en puntos cardinales diferentes.

El primer fuego sirve para los usos domésticos y aleja del sacrificador y de su familia todo lo negativo procedente de las personas.

El segundo en el que se arrojaban las ofrendas, se le encendía con el fuego domestico; era el mensajero de las ofrendas a las divinidades.

El último se utilizaba para alejar a los malos espíritus.

El ritual védico fue progresivamente desapareciendo y la liturgia del sacrificio fue reemplazada por los ritos privados y, en particular, por el culto a la imagen y al templo con sus peregrinaciones.